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Sobre el silencio y del ruido

La contaminación acústica se convertirá en una prioridad para las políticas públicas ecológicas.

Heber Quijano

Publicado el 12 de septiembre del 2024

En el centro mismo de la identidad de las culturas (y de las naciones), el sonido está vinculado directamente con las relaciones sociales. Por ejemplo, la confesión a medio tono, el grito fervoroso de alguna pasión íntima y/o pública y, como cimiento de ambas, la plática directa con alguien. Es justo en el diálogo y en la correspondencia del habla y la escucha entre individuos donde se conciliaron socialmente todos los convenios, desde la organización grupal para la caza del mamut hasta la confrontación con el clan contrario, sin olvidar la persuasión del individuo alfa, la aceptación del trueque y el acuerdo marital.

La palabra está en el centro de la evolución humana. Por eso, nos parece tan retrógrado y terrible que los talibanes de Afganistán hayan decidido prohibir la expresión pública de las mujeres en lo que denominan legalmente las leyes “sobre el vicio y la virtud”, las cuales están constituyéndose desde el 2021. Sí, así como suena, sus voces no pueden ser escuchadas en espacios públicos. Nada de cantos, rezos o discursos. Y, además, deben estar cubiertas totalmente por el velo.

En ese sentido, el sonido evoca cosas un poco más profundas. A veces, el sonido primigenio del cosmos en la palabra divina, ya sea porque evoca la palabra de Dios o la palabra con que lo conjuramos. Otras, implica la danza o la fiesta sagrada de los ritos a la fertilidad o los festejos de la cosecha o, ya más en nuestro contexto, la emoción festiva de haber cumplido con la jornada laboral. 

Pero, ¿qué pasa con el ruido? En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se puso de moda fumar. Con el tiempo se demostraron sus daños, incluyendo los daños a los fumadores pasivos. Por eso surgieron leyes y reglamentos para asegurar lugares libres de humo. Lo mismo pasó con el consumo de sal. Insisto, ¿qué pasa con el ruido?, ¿qué pasa con la contaminación acústica? 

De pronto das vuelta a la calle y un changarro retumba con bocinas. Tres pasos adelante otro changarro tiene el mismo método de “publicidad”. No importa si el negocio de al lado tiene ese mismo “método”. No importa si vende churros, piratería, medicinas, ropa, carros o cervezas. No importa tampoco si está frente a ocho carriles de vehículos al borde de una autopista o en las calles de una comunidad. Parece que ha ganado la batalla sobre el espacio público. Sobre todo frente a los  “paisajes sonoros” naturales. ¿Qué es un paisaje sonoro? Según Raymond Murray Schafer: “cualquier porción del entorno sonoro”, básicamente todo lo que pueda ser percibido acústicamente: desde los grillos y ranas nocturnos hasta la vibración de los cables de alta tensión. La necesidad de plantearnos, culturalmente, cómo nos habitamos estos paisajes es, me parece, una cuestión sintomática de nuestras prioridades.  

Sobre el silencio y del ruido

¿Qué escuchamos en nuestro entorno urbano?: el ruido de los carros y los aviones y encontraremos que América Latina es la región más ruidosa del mundo y que más de 100 millones de personas en el mundo tienen “deficiencias auditivas por la contaminación acústica”. Conste que la Organización Mundial de la Salud, que avala ambos datos, no es el tío regañón de la música de sus hijos, nietos o vecinos. 

En Jalisco, por ejemplo, se aprobó la Ley Estatal de Equilibrio Ecológico en 1989. En ella ya había una prohibición en torno a la contaminación auditiva y sancionar a quienes la infrinjan, desde propiedades privadas hasta establecimientos industriales y comerciales, como las Unidades Económicas que conocemos como tiendas o changarros. En los bandos municipales de Metepec y Toluca ya se ha normativizado ese ruido.

El ruido contamina, eso no es ninguna revelación. Produce estrés, dolores de cabeza, aumenta la presión arterial, incide en la concentración y en los patrones del sueño y afecta directamente al oído y al sistema del equilibrio, incluso el estado emocional. El ruido no sólo incide en la salud, también en la productividad, como afirma la Agencia Federal Alemana del Medio Ambiente [German Federal Environmental Agency]. Y, claro, tiene una larga lista de consecuencias en los ecosistemas, particularmente en los pájaros. 

Phoebe Weston expuso en abril de este año, en un reportaje por demás interesante en el periódico británico The Guardian, las conclusiones de Bernie Krause, un paisajista sonoro de California que ha documentado en un lapso de 30 años la desaparición, prácticamente, de los sonidos de la naturaleza en Sugarloaf Ridge, en el condado de Sonoma, California. Krause señala que “el sonido de los ecosistemas saludables contenía no sólo los llamados de los animales individuales, sino un tejido denso y estructurado de sonidos que él llamó la biofonía”. Y la disminución o desaparición de ésta es un terrible indicativo, de que “la sensación de desolación se extiende más allá del mero silencio”. Sobre todo porque con el cambio climático está desvaneciendo “el tejido acústico natural de la Tierra”, como afirma en su libro The Great Animal Orchestra.

Si tirar basura en la vía pública puede ser causa de arresto administrativo y de multas superiores a 10 UMAS, ¿se les aplicará a quienes contaminen acústicamente? Eventualmente, los daños del ruido, como los del humo y la sal, serán prioridad para la salud pública. Y también, no lo dudo, el seguimiento minucioso de las autoridades correspondientes, pues como dice la mayor de nuestras leyes “El daño y deterioro ambiental generará responsabilidad para quien lo provoque”. 


Coda


Durante la pandemia, según la revista Science se presentó la «reducción global de ruido más larga y coherente en la historia registrada», es decir, la reducción de un mes en el ruido sísmico de hasta un 50% en 77 países. Bien podríamos pensar, como lo han hecho desde la academia plumas como Ximena Gortari, la urgencia de pensar el derecho al silencio o a una recomposición de la acústica urbana.

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