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Qué nos revela la desigualdad

Redacción

Publicado el 12 de septiembre del 2024

Algunos productos de la canasta básica duplican o triplican su costo.

El futuro del mundo está supeditado a las irregularidades que ejerce la desigualdad. Las variables son muchas y muchos son también los ámbitos en los que la desigualdad detona crisis para las sociedades. 

Pongamos en primer término la cuestión ambiental empujada por el consumo excesivo que tiene al límite, prácticamente insoportable, al planeta. Según datos publicados por la ONU en 2022, se necesitarían 3.3 planetas para ofrecer al mundo entero el mismo nivel de consumo de “la mayoría de los países ricos […] Y si el ritmo universal fuera igual al de Canadá, Luxemburgo y Estados Unidos, se necesitarían más de cinco planetas”. 

La pregunta crucial que me brinca a la mente es ¿a costa de qué, dichos países ricos pueden consumir con esos niveles de ostentación? ¿Cómo serían esos niveles de consumo, contaminación y degradación de los ecosistemas si los países más poblados del mundo llegasen a equipararse a ese nivel de consumo? ¿Cuál es la ruta para salir de esa crisis climática que parece ya irreversible?

Mientras intento responderme las preguntas previas, parece evidente que hay una construcción geopolítica y económica que ha consolidado la desigualdad como el cimiento fundacional para “sus” privilegios. Es decir, una suerte de espiral decreciente, un círculo vicioso de explotación-consumo-opresión.

Los detentadores del capital y de los medios de producción favorecen la explotación (laboral y de recursos materiales) que les permiten los privilegios de sus consumos, del mantenimiento de su estatus político-económico (sí, una oligarquía en ambos rubros) y que reproduce, normaliza y consolida esa misma mecánica en beneficio, solamente, de sus privilegios.

Sí, el capitalismo y sus fauces abiertas, pero también la nula opción de los otros sistemas de pensamiento y de ejecución político-económica. Sin embargo, la historia ya demostró que la concentración del poder en un Estado monolítico (y en sus correspondientes líderes) provocó muchos más peligros de los que solucionó.

Volvamos un poco al tema ecológico. En 1972, la famosa investigación Los límites del consumo dejó claro, con esa prospectiva malthusiana, que la posibilidad del planeta para proveer recursos no iba a ser suficiente para la humanidad. En 1992 se hizo más evidente que 20% de la población con mayores ingresos consume 82.7% de los recursos no renovables. La ilustración gráfica de ese fenómeno fue denominada la Copa de Champaña del Consumo.

Con los últimos datos, durante el 80 aniversario del Fondo Monetario Internacional, en julio de 2024, sabemos que solamente 10% de la población acapara 75% de la riqueza producida en el mundo. Y la espiral sigue en ese mismo camino, pues a pesar de las ideas hipotéticas de que la pandemia ya había demostrado la improcedencia del capitalismo, ese mismo estrato de gente adinerada vio acrecentada su fortuna. Forbes prácticamente sigue teniendo a los mismos opulentos en la cima de sus listas de riqueza tanto en Latinoamérica como a nivel mundial.

En contraste, toda la población que está del otro lado de la balanza, cobra cada vez más conciencia de estas diferencias. Es ahí donde sobresale la consigna de gravar con un mayor porcentaje de impuestos a los ricos (tax the rich) de lo que proporcionalmente pagan todos los demás. Pero también con la lógica de que su consumo incide de manera mucho más atroz en el equilibrio ecológico del planeta. A esa coyuntura se suma la histórica marginación de dichos actores (antes linajes y dinastías “reales”, ahora de origen político, empresarial o tecnológico) a quienes les subyacen en esa pirámide de ingresos.

Aquí surgen muchos matices para entender estas diferencias y dependen de las estrategias y metodologías para medirlas: a saber, los índices de desigualdad (empezando por el coeficiente de Gini), de movilidad social, de desarrollo humano y los diversos accesos a las políticas públicas (salud, trabajo, vivienda). La perspectiva geopolítica, además, pondría al norte global (particularmente el de occidente) con un diferencial de privilegios sobre el sur global y, sobre todo, sobre los países de la franja ecuatorial (particularmente los del continente africano).

¿Qué pueden hacer los gobiernos para contrarrestar este sistema?, ¿qué podemos hacer los ciudadanos para subvertir esta situación?, ¿tienen estos enriquecidos ciudadanos del mundo (empresarios y no) alguna responsabilidad o deberían tenerla?, ¿podemos hacerlos actuar de alguna manera?

Las respuestas a estas preguntas no sólo son complicadas, multifactoriales y determinadas por el lugar en el que estamos situados, no sólo en la escala social sino en las coordenadas geográficas (e ideológicas) de este planeta. También, muchas veces, superan la posibilidad de que un solo individuo tenga la capacidad de análisis y resolución de esta coyuntura. Con ello, quiero implicar que no es única y específicamente un trabajo individual sino institucional, gubernamental y global el que debe diagnosticar y atacar esta situación. Aún cuando ello parezca una utopía.

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