Es sábado por la mañana y en una de las salas del centro cultural, un niño de seis años piensa durante largos segundos antes de mover su alfil. A su lado, su madre observa en silencio. Al fondo, un joven adolescente repasa mentalmente una apertura siciliana. Entre ellos, un profesor camina de mesa en mesa, guiando, sugiriendo, dejando que el error enseñe. Aquí no hay pantallas, no hay aplicaciones. Hay piezas de madera, silencio táctico y concentración compartida. Aprender ajedrez es, al mismo tiempo, educarse en la espera
En Toluca se moverá la pieza en el tablero educativo. A partir de julio, el Centro Tolzú reanuda las clases sabatinas de ajedrez, una propuesta que va más allá del entretenimiento y que se convierte, en el fondo, en un ejercicio de pensamiento profundo. Las sesiones estarán divididas por niveles: de 10:00 a 12:00 horas para principiantes y de 12:00 a 14:00 horas para jugadores avanzados. Con costos accesibles —$300 individual y $500 por pareja—, el curso se extenderá hasta el 20 de diciembre, abierto a mayores de cinco años.
Pero más allá del calendario y los horarios, lo que se abre aquí no es solo un espacio físico, sino un terreno simbólico: el ajedrez como motor del pensamiento crítico en una época marcada por la velocidad, la inmediatez y la distracción digital.
En una entrevista de 2023, el pedagogo y Maestro FIDE (Federación Internacional de Ajedrez) Jorge López sostuvo que “el ajedrez en la infancia enseña a perder con dignidad, a ganar con humildad, y a pensar antes de actuar”. Diversos estudios —entre ellos uno publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— demuestran que la práctica regular del ajedrez mejora la memoria, incrementa la capacidad de análisis y potencia habilidades matemáticas en edades tempranas.
En escuelas de países como Armenia y Georgia, el ajedrez es parte del currículo obligatorio desde hace más de una década. En México, aunque su inclusión es todavía marginal, existen proyectos comunitarios y culturales —como este del Centro Tolzú— que han mostrado impactos positivos en niños con déficit de atención, adolescentes en riesgo de exclusión, e incluso adultos mayores que buscan mantener activa su memoria.
El Centro Tolzú, ubicado en el corazón de la capital mexiquense, además de ser un centro cultural, busca consolidarse como un refugio para propuestas de aprendizaje no convencional. Entre exposiciones, talleres y proyecciones, el ajedrez ha encontrado un sitio privilegiado como metáfora de la vida: cada pieza tiene un rol, cada movimiento una consecuencia, cada partida una historia..
Que se retomen estas clases no es un simple anuncio de agenda cultural. Es una oportunidad para que niñas, niños, jóvenes y adultos descubran que la educación también ocurre en esos pequeños gestos que parecen juegos, pero que siembran pensamiento. Y que, en tiempos inciertos, una jugada bien pensada puede ser el primer paso hacia una mejor forma de habitar el mundo.