A principios de abril, un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) sacudió las mesas de análisis económico nacional: México, indicaron, sería uno de los países en el mundo que podría enfrentar una contracción del Producto Interno Bruto (PIB) en 2025. La noticia rebotó en medios, foros financieros y oficinas gubernamentales. El FMI no estaba solo: semanas después, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y Fitch Ratings confirmaban el mismo diagnóstico sombrío. México podría entrar en una recesión técnica.
Lo que parecía ser una alerta menor se convirtió en tendencia estructural cuando la OCDE estimó una caída del PIB de 1.3% en 2025 y de 0.6% en 2026. En su análisis, México destacaba no por crecer, sino por ser uno de los países miembro con una proyección negativa en ambos años. En paralelo, Fitch Ratings redujo su previsión a un crecimiento cero. Franklin Templeton, una de las administradoras de fondos más influyentes, estimó una probabilidad del 70% de una recesión leve. La palabra ya no era tabú: recesión.
La economía mexicana parece estar pagando la factura de un entorno internacional adverso y de ciertas decisiones estructurales internas. El endurecimiento de las políticas monetarias por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos ha encarecido el costo del dinero en la región, lo cual ha frenado la inversión. Además, la guerra comercial desatada por Washington –que resucitó aranceles a productos mexicanos en sectores estratégicos como el acero y el aluminio– ha añadido presión a las cadenas productivas nacionales.
A nivel interno, en términos de opinión pública, se coincide con una lenta ejecución del gasto público y que ha provocado una contracción de la inversión fija bruta. Los datos del INEGI del primer trimestre de 2025 muestran una caída de 2.7% en esta variable, lo que impacta directamente en el crecimiento proyectado del PIB. El consumo interno también da señales de fatiga: el crédito al consumo se ha desacelerado y la inflación, aunque contenida, mantiene presiones por los precios de alimentos básicos y energía.
La respuesta oficial: entre el optimismo y la negación
A pesar del consenso creciente, el gobierno federal ha mantenido una postura optimista. La presidenta Claudia Sheinbaum, en declaraciones recientes, desestimó los análisis del FMI y defendió su “Plan México”, una política económica enfocada en la reindustrialización y la integración energética con América Latina. “No habrá recesión porque estamos transformando la estructura productiva del país”, afirmó.
El Banco de México (Banxico), si bien ajustó su expectativa de crecimiento para 2025 de 2% a 1.5%, también ha descartado oficialmente una recesión. “No vemos una caída sostenida en la actividad económica, aunque sí un escenario de bajo crecimiento”, declaró en su último informe trimestral.
¿Qué implicaría una recesión?
Desde el punto de vista técnico, una recesión se define como dos trimestres consecutivos de contracción del PIB. Pero en términos económicos reales, sus consecuencias van mucho más allá: reducción del empleo formal, caída del consumo, desaceleración del crédito, pérdida de confianza empresarial y presión sobre los ingresos fiscales del Estado.
Una economía en recesión ve afectada su capacidad para generar bienestar y reducir la desigualdad. En el caso mexicano, más del 55% de la población ocupada se encuentra en la informalidad, por lo que una crisis económica suele empujar a millones hacia condiciones de precariedad aún mayores.
Además, una recesión limitaría la capacidad del nuevo gobierno para ejecutar políticas públicas expansivas. Con menos recaudación, mayor deuda interna y una moneda en tensión frente al dólar (que ya superó la barrera psicológica de los 20 pesos), el margen de maniobra se reduce peligrosamente.
¿Y si no hay recesión?
El otro escenario no es necesariamente más alentador. Si México logra evitar una recesión técnica, pero mantiene un crecimiento por debajo del 1%, el país enfrentará una década perdida en términos de desarrollo. El crecimiento promedio del PIB entre 2015 y 2024 fue de apenas 1.3%. En el mismo periodo, países como Colombia y Perú superaron el 2.5%. La brecha no es solo estadística: es de inversión, productividad, innovación y empleo.
El verdadero problema no es si hay recesión o no, sino la persistente incapacidad del país para detonar un crecimiento sostenible. En palabras de Carlos Serrano, economista en jefe de BBVA México: “La economía mexicana está estancada en una estructura que premia el corto plazo y castiga la inversión de largo plazo. Eso, más que una recesión puntual, debería ser motivo de preocupación”.
México se encuentra en una encrucijada económica. Si la recesión se confirma, será resultado no de un evento súbito, sino de una suma de decisiones, omisiones y entornos desfavorables. Y si no ocurre, será por inercia más que por estrategia.
En cualquier caso, el país necesita repensar su modelo productivo, fomentar la inversión en ciencia y tecnología, cerrar las brechas territoriales y garantizar seguridad jurídica a los capitales. Mientras eso no ocurra, México seguirá oscilando entre el crecimiento bajo y el riesgo latente de una nueva recesión.