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Temporada de luciérnagas

Daniel Cuin

Publicado el 04 de Julio del 2025

  • Cada año, entre junio y agosto, los bosques mexicanos se iluminan con la danza bioluminiscente de miles de luciérnagas, una experiencia natural y cultural que invita a contemplar, respetar y reconectar con la vida.

 

La oscuridad se hace espesa entre los árboles. El silencio se impone. Un grupo avanza con cautela por los senderos húmedos del bosque. De pronto, una chispa. Luego otra. Y otra. La noche, que hasta hace unos minutos parecía ciega, comienza a brillar. El bosque cobra vida con miles de luces danzantes. Es la temporada de luciérnagas en México, un fenómeno natural que cada año, entre junio y agosto, transforma a diversos bosques del país en santuarios de luz.

Desde hace más de una década, Nanacamilpa, en Tlaxcala, se ha consolidado como el epicentro del avistamiento de luciérnagas en México. Aquí, a más de 2 mil 700 metros de altitud, en los bosques de coníferas que visten de niebla el altiplano, se da una de las manifestaciones naturales más poéticas del país: la danza bioluminiscente de estos escarabajos, que salen al encuentro de la vida.

La temporada 2025 inicia oficialmente el 6 de junio y se prevé que se extienda hasta el 10 de agosto, dependiendo de las condiciones de lluvia. Esta sinfonía de luz tiene una razón biológica: es el periodo de reproducción de las luciérnagas, y cada patrón de destello es único, como si cada insecto escribiera su propio poema luminoso.

Turismo con conciencia

El fenómeno ha detonado una oferta turística creciente. En Nanacamilpa, los centros de avistamiento ofrecen recorridos guiados, hospedaje en cabañas, campamentos y la modalidad de glamping, que permite dormir en tiendas equipadas con todas las comodidades, pero sin perder el contacto directo con la naturaleza. Los precios varían: desde los 300 pesos por entrada general hasta 3 mil pesos por experiencias completas con hospedaje, gastronomía y transporte desde Tlaxcala capital.

Pero no todo se trata de turismo. La Secretaría de Cultura estatal, a través de la plataforma tlaxcalabrilla.com, ha reforzado su campaña para fomentar el turismo sustentable. Solo operadoras certificadas pueden ofrecer el servicio, con la intención de proteger tanto a las luciérnagas como al ecosistema. Las recomendaciones son claras: evitar luces artificiales, vestir ropa oscura, caminar en silencio y nunca tocar a los insectos. Este ritual, más que un espectáculo, es un acto de contemplación.

La magia no es exclusiva de Tlaxcala. El Estado de México también ha ganado protagonismo con su Festival Internacional de las Luciérnagas, que este año se realizará nuevamente —11, 12 y 13 de Julio— en municipios como Amecameca, Tlalmanalco, Ayapango y Texcoco. La edición 2024 atrajo a más de 20 mil visitantes y combinó el avistamiento con talleres ambientales, gastronomía local, música y observación astronómica. Para este 2025, se espera una programación aún más ambiciosa.

Amecameca, con sus vistas privilegiadas del Popocatépetl e Iztaccíhuatl, ha sabido articular naturaleza, cultura y desarrollo económico local. Aquí, ver luciérnagas no es solo una experiencia estética, sino también una oportunidad de conectar con la tierra, las tradiciones y la vida rural.

Un fenómeno nacional

Otros destinos se suman a esta red luminosa: Tlalpujahua en Michoacán, Santa Rita Tlahuapan en Puebla, Coatepec y Xico en Veracruz. Cada región ha desarrollado rutas eco-turísticas, donde las luciérnagas se convierten en embajadoras de un turismo alternativo y responsable.

National Geographic lo ha documentado: cada especie de luciérnaga tiene un patrón de luz distinto, como si se tratara de un alfabeto secreto que solo ellas pueden leer. La bioluminiscencia, más que una curiosidad, es una clave para su supervivencia. Comprenderla es, también, un modo de entender cómo se comunica la naturaleza.

Para quienes se preguntan si vale la pena viajar solo para ver insectos en la oscuridad, la respuesta es un sí rotundo. El avistamiento de luciérnagas es una vivencia que conmueve, que recuerda el vínculo sagrado entre los seres humanos y la naturaleza. No se trata de un show ni de una atracción comercial: es un ritual ancestral, una danza silenciosa donde el espectador es también parte del bosque.

Y aunque México enfrenta retos ambientales y turísticos importantes, experiencias como esta —bien organizadas y respetuosas— son una oportunidad para reconectar con lo esencial. En tiempos de ruido y prisas, caminar por un bosque en silencio para ver cómo la vida brilla por sí sola puede ser, sin exagerar, un acto de resistencia.

Porque cuando el bosque respira luz, el alma también se enciende.



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