Cuando se habla de Querétaro, no basta con evocar su geografía de viñedos ni su arquitectura virreinal. También hay que mencionar sus sabores curados con paciencia, sus quesos trabajados a mano y, cada vez con más fuerza, su pulso artístico. Tequisquiapan, el Pueblo Mágico que alguna vez fuera una tranquila comunidad agrícola, se ha transformado en el epicentro del enoturismo mexicano, y este 2025 reafirma su lugar en el mapa con el Festival Internacional del Arte, el Queso y el Vino, que se celebrará del hasta el 8 de junio.
No es un simple evento gastronómico. Es una declaración de identidad y pertenencia. Con una derrama económica proyectada de 180 millones de pesos y la llegada de más de 60 mil visitantes, el festival combina lo mejor de la producción vinícola y quesera queretana con una agenda cultural que lo posiciona como uno de los encuentros más relevantes del país. La sede no podría ser otra: el Parque La Pila, la Plaza Miguel Hidalgo y el Jardín del Arte, espacios que durante casi tres semanas se llenarán de aromas, arte y tradición.
De feria nacional a escaparate internacional
Hace más de cuarenta años, esta celebración comenzó como una modesta feria regional para promover los productos locales. Hoy, es un referente de proyección internacional. La edición 2025 incluye la participación de 20 vinícolas mexicanas, 10 queserías, restaurantes locales y productores artesanales. Pero lo más importante es su giro hacia el arte como eje central, integrando exposiciones, talleres, espectáculos y presencia de artistas plásticos de renombre como Flor Minor y Walter Cruz, bajo la dirección curatorial de Karla Negrete.
Más allá del consumo, el festival busca educar. Para quienes apenas se adentran en el mundo del vino, habrá catas guiadas y talleres para aprender a degustar y maridar; para los amantes del queso, los productores ofrecerán demostraciones del proceso artesanal que sigue vigente en la región. La riqueza sensorial se entrelaza con el conocimiento.
España, un puente cultural
En una apuesta por el diálogo transatlántico, España será el país invitado. Se instalará un Pabellón Español con bodegas como Virtus, Bornos y Freixenet, y productos ibéricos que acercan al visitante a un mestizaje cultural vinícola. Esta decisión no solo enriquece el paladar, también evoca las rutas coloniales del vino en América, iniciadas por los misioneros españoles en el siglo XVI. La cepa española ha encontrado en los suelos queretanos una segunda patria.
La presencia del Ballet Folklórico de Amalia Hernández, junto a artistas como Fernando Delgadillo, Kinky, Motel, Grupo Primavera, Cuisillos y The Actred Dance, convierte al festival en una celebración multisensorial. Cada noche, el vino no solo acompaña una cena; marida con coreografías, guitarras, poesía y luces.
Además, el festival integrará tradiciones mexicanas como la charreada nocturna y la clásica carrera de meseros, que son tanto una expresión de destreza como un guiño al folclore contemporáneo. También se realizará el Rally Legends, con autos antiguos que recorren la memoria mecánica de generaciones pasadas.
Quizás lo más significativo es cómo el festival hace del arte un espacio de encuentro generacional. Desde talleres de pintura y bordado para todas las edades, hasta exposiciones que conectan lo rural con lo cosmopolita, el evento se vuelve un archivo vivo de la cultura local. En un país donde el arte popular suele quedar al margen de los circuitos oficiales, eventos como este son vitales para conservar y proyectar la memoria colectiva.
La ubicación no es casual. Tequisquiapan es la puerta de entrada a la ruta del queso y el vino en México, región donde se ha cultivado un saber que mezcla tradición europea y herencia criolla. El auge del turismo enológico en la última década ha convertido a Querétaro en uno de los tres estados más importantes para la producción de vino en el país, junto a Baja California y Coahuila. El clima semiseco, los suelos volcánicos y la altitud de más de 1,800 metros crean condiciones idóneas para variedades como Cabernet Sauvignon, Syrah y Malbec.
La creación del “Concurso de Vinos Queretanos”, con jurados españoles, italianos y mexicanos, simboliza la profesionalización de la industria y el reconocimiento a un trabajo local que busca estándares globales. Los vinos galardonados no solo llevarán medallas, sino también la historia de un pueblo que ha encontrado en la vid un relato de resiliencia y creatividad.
En Tequisquiapan, el vino no solo se bebe; se escucha, se huele, se baila. En sus calles empedradas y plazas coloniales, el queso no es solo un alimento, sino un lenguaje que une generaciones. Y el arte no es un adorno, sino el alma que le da sentido a esta fiesta. El Festival Internacional del Arte, el Queso y el Vino es más que una feria: es la manifestación de un México que celebra su sabor, su historia y su capacidad de transformarse sin perderse.
Porque al final, como bien diría cualquier sommelier o poeta: los buenos vinos, como las buenas culturas, son los que envejecen con dignidad y se sirven con generosidad.