En un giro que reaviva los ecos del proteccionismo más férreo, el presidente de los EE. UU. Donald Trump anunció —a través de su plataforma Truth Social— la imposición de un arancel del 100% a toda película producida fuera de Estados Unidos. Esta medida, planteada como una respuesta al «drenaje creativo» que, según sus palabras, debilita la industria nacional, ha encendido alarmas no solo en los mercados bursátiles, sino también en los círculos culturales internacionales. Más allá del titular económico, el trasfondo revela una batalla por el alma narrativa del mundo contemporáneo.
La declaración fue publicada el 4 de mayo de 2025, cuando Trump afirmó que países como Canadá, el Reino Unido y hasta Hungría están utilizando incentivos fiscales para atraer producciones que antes florecían en California o Nueva York. Según él, se trata de una «amenaza a la seguridad nacional», una frase que traslada la lógica del conflicto comercial a un terreno simbólico: el cine como frontera ideológica.
El cine ha sido históricamente una herramienta de poder blando. Desde los años dorados de Hollywood tras la Segunda Guerra Mundial, la exportación de películas estadounidenses ha funcionado como una forma de diplomacia cultural, moldeando imaginarios y estilos de vida globales. Sin embargo, la realidad en el siglo XXI es mucho más diversa: cineastas como Bong Joon-ho en Corea del Sur, Céline Sciamma en Francia o Alfonso Cuarón en México han puesto en jaque esa hegemonía con narrativas que desafían el canon hollywoodense.
El nuevo arancel funcionaría como un muro simbólico: películas extranjeras tendrían que duplicar sus costos para llegar al público estadounidense. Esta barrera tarifaria no solo amenaza a los distribuidores, sino a los cines independientes, festivales y espectadores que dependen de la pluralidad cultural para sobrevivir en un ecosistema dominado por franquicias.
En 2023, sólo el 13% de las películas proyectadas en salas estadounidenses fueron producciones extranjeras, según datos de la “Motion Picture Association”. Aunque marginales en términos de volumen, estas películas son esenciales para el circuito de cine de autor, festivales como Sundance, Telluride y Tribeca, y plataformas de streaming como Criterion Channel o MUBI, cuya oferta gira en torno al cine internacional.
Una industria fracturada
La reacción no se hizo esperar. Ejecutivos como Ravi Ahuja (Sony Pictures) y Mike Hopkins (Prime Video) han señalado que los aranceles no estimularán la producción nacional, y que el verdadero problema está en la falta de incentivos internos. En contraste, sindicatos como los Teamsters —históricamente aliados del Partido Demócrata— han respaldado la propuesta. Sean M. O’Brien, su actual presidente, la calificó como un “paso crucial para devolver empleos a nuestros técnicos y obreros”.
La polarización no es nueva, pero ahora se proyecta sobre un terreno particularmente frágil: el de las historias que elegimos contar y consumir. Un ejemplo reciente es el éxito global de “Anatomía de una caída” (2023), una cinta francesa que logró distribución limitada en EE. UU. y arrasó en festivales, demostrando que hay una audiencia dispuesta a explorar narrativas complejas y no anglófonas.
¿Y América Latina?
México, uno de los principales socios comerciales de EE. UU., logró una exención que permite que sus producciones cinematográficas y televisivas sigan ingresando sin arancel. Sin embargo, esto no garantiza la continuidad de un flujo libre de contenidos culturales. La relación entre ambos países en materia audiovisual ha sido históricamente desigual: mientras cientos de películas estadounidenses se estrenan en salas mexicanas cada año, solo un puñado de producciones mexicanas logra ingresar al mercado estadounidense, incluso sin tarifas.
A lo largo del tiempo, figuras como Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Salma Hayek han cruzado esa frontera, pero siempre bajo la condición de adaptarse al mercado hegemónico. El arancel anunciado podría ahogar las pocas ventanas que existen para nuevas voces latinoamericanas que buscan ser escuchadas más allá del Río Bravo.
Imponer tarifas no equivale a censura directa, pero actúa como una forma de silenciamiento estructural. Si el acceso a las salas se limita solo a quienes puedan pagar costos elevados, el resultado es una homogeneización cultural disfrazada de defensa nacional.
En tiempos de hiperconectividad, donde la cultura se consume en pantallas y algoritmos, las fronteras se redefinen a través de políticas aparentemente económicas. El cine extranjero no solo representa estilos visuales distintos, sino visiones del mundo que enriquecen el debate social. Negarlas por decreto es reducir la complejidad global a una narrativa unilateral.
Pero, ¿Puede una nación blindarse culturalmente sin empobrecerse? La historia dice que no. El Renacimiento europeo nació del contacto con el pensamiento islámico y grecolatino; la revolución del cine mudo en Hollywood se enriqueció con inmigrantes alemanes y rusos; la Nueva Ola francesa fue posible gracias al influjo del neorrealismo italiano. La cultura no prospera en aislamiento.
Lo que está en juego no es solo el flujo de películas, sino el derecho del espectador a imaginar otras realidades. Porque si algo nos ha enseñado el cine, es que las historias no tienen pasaporte.