La industria cinematográfica, esa fábrica de sueños que ha nutrido el imaginario colectivo del mundo por más de un siglo, se enfrenta a un nuevo capítulo en su evolución. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha dado un nuevo paso: establecer reglas que, por primera vez en la historia de los Premios Óscar®, obligan a sus votantes a ver todas las películas nominadas en la categoría respectiva para poder emitir su voto en la ronda final. Esta medida, aunque aparentemente lógica, revela una fractura histórica dentro de la institución: el peso de las percepciones sobre el criterio real.
Durante décadas, la mística del “voto a ciegas” ha sido una realidad no dicha. Las campañas de promoción, los rumores en la industria y los ecos del marketing muchas veces influían más que los méritos artísticos de las películas. Hoy, la Academia decide revertir esa tendencia. La pregunta de fondo es: ¿estamos frente a una democratización del criterio o a una sofisticación del control?
La edición 98.ª, que se celebrará el 15 de marzo de 2026, no solo marcará este cambio de paradigma, sino también otros ajustes profundos que reconfiguran las bases culturales de lo que significa «hacer cine» en el siglo XXI. Por primera vez, se introduce el “Premio Óscar a la Mejor Selección de Elenco”, una categoría que hace justicia a una disciplina tan antigua como invisible en la historia del cine: el arte de elegir rostros y voces que encarnen narrativas.
Este nuevo galardón no solo reconoce a los directores de casting, sino que los obliga a presentar sus logros en una suerte de ‘audiencia pública’ ante sus pares, que incluye sesiones de preguntas y respuestas. En el fondo, es una invitación a legitimar con transparencia una de las decisiones más importantes de cualquier producción cinematográfica.
Pero el cambio más inquietante no proviene de los nombres, sino de los códigos: por primera vez, la Academia se pronuncia sobre el uso de Inteligencia Artificial Generativa (IA) en la creación cinematográfica. Aunque no prohíbe su uso ni lo sanciona, sí enfatiza que el reconocimiento se otorgará según el grado de autoría humana. Es una línea tenue, casi poética, que redefine el arte como un ejercicio profundamente humano, incluso en una era en la que las máquinas escriben guiones, recrean voces y generan rostros digitales.
Este posicionamiento recuerda otras épocas de transformación: como cuando la televisión amenazó al cine en los años 50, o cuando el cine digital sustituyó a la película en celuloide. Sin embargo, lo que hoy está en juego no es un formato, sino la esencia misma de la autoría artística.
Otros cambios relevantes completan el panorama: la ampliación del derecho a voto en categorías como “Cortometraje de Animación” y una ronda preliminar de selección para la “Cinematografía”, reflejan un intento de profundizar el criterio curatorial en cada fase del proceso. Asimismo, la inclusión de cineastas con estatus de refugiado o asilo en la categoría de “Largometraje Internacional” introduce una dimensión política que reconoce al cine como una herramienta de resistencia, testimonio y construcción de identidad.
En cuanto a las campañas de promoción, la nueva normativa prohíbe cualquier comunicación pública que menosprecie otras obras o técnicas. Un gesto de civilidad en un contexto que ha sido históricamente competitivo y, en ocasiones, hostil. Además, los festivales que califican para los Oscar ahora tendrán acceso directo a los miembros de la Academia, lo que abre un canal legítimo para propuestas menos comerciales y más arriesgadas.
Esta 98.ª edición parece dejar claro que los Oscar no solo buscan premiar películas, sino narrar su propia transformación institucional. El calendario de fechas clave, que arranca con los primeros cierres en agosto de 2025 y culmina con la gala en marzo de 2026, se convierte así en un ritual más complejo, pero también más justo y contemporáneo.
Todo este movimiento remite a un dilema mayor: ¿puede la Academia seguir siendo el árbitro cultural del cine mundial? Frente a la descentralización de la producción, la multiplicación de plataformas y el ascenso del cine no anglosajón, estas reformas son una tentativa por adaptarse sin perder su relevancia simbólica.
En su doble papel como institución y mito, la Academia se juega algo más que su credibilidad. Se juega su permanencia como un canon legítimo en una época en la que la autoría, la verdad y la creación están siendo redefinidas. El cine, como el arte, ya no es solo lo que se ve en la pantalla, sino también lo que se debate detrás de ella.
Y en esa trastienda, los Oscar han decidido abrir las puertas. Tal vez tarde, pero no demasiado. Porque como decía François Truffaut, “un buen crítico es aquel que relata una historia paralela a la historia que cuenta la película”. En esta edición 98.ª, la Academia parece haber decidido escribir su propia historia paralela —y por primera vez en mucho tiempo—, invitar a todos a leerla desde el principio.