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Drogas, dinero y poder

Daniel Cuin

Publicado el 24 de Junio del 2025

  • El crimen organizado dejó de ser un actor clandestino para convertirse en un eje de la economía global
  • Desde laboratorios en México hasta redes financieras internacionales, los cárteles operan como corporaciones transnacionales que desafían las estructuras estatales, penetran instituciones y redefinen las reglas del poder en América del Norte

En el siglo XXI, el crimen organizado no solo se ha globalizado: se ha institucionalizado. Así lo demuestran informes como el National Drug Threat Assessment (NDTA), que retrata a las organizaciones criminales mexicanas como actores que operan con estrategias transnacionales, redes financieras, capacidad bélica y presencia en casi todos los rincones de Estados Unidos.

El Cártel de Sinaloa, por ejemplo, opera en al menos 40 países y ha sido vinculado al uso de precursores químicos enviados desde China, mientras que el CJNG controla laboratorios clandestinos, corredores migratorios y centros financieros que sirven para el blanqueo de capitales.

Los cárteles han dejado de ser estructuras verticales y localizadas. Hoy funcionan como redes adaptables, con células semiautónomas y estructuras logísticas que se apoyan en tecnologías cifradas, influencers en redes sociales y empresas fachada.

En EE.UU., estas redes han penetrado ciudades como Los Ángeles, Chicago, Atlanta y Miami. El tráfico se mueve por las mismas autopistas que cruzan los productos legales, y en muchas ocasiones, en los mismos camiones. En 2024, más de 2,300 kg de fentanilo fueron incautados tan solo en las diez autopistas más transitadas del país.

Una de las transformaciones más significativas documentadas por la DEA durante 2025 es el uso sistemático de adulterantes en los narcóticos de calle. En particular, destaca el auge de la xylazina, un sedante veterinario no opioide que se mezcla con fentanilo para producir una droga conocida como tranq. Este compuesto ha sido hallado en más del 40% de los polvos de fentanilo incautados en el este de EE.UU., y su uso se ha extendido ya a todos los estados del país y Puerto Rico.

La mezcla agrava los riesgos: la xylazina no responde a naloxona, el antídoto común en casos de sobredosis, y puede causar necrosis de tejidos en los usuarios, lo que deriva en amputaciones o infecciones severas. Según el NDTA, los carteles recurren a esta adulteración como método para extender el volumen de droga y maximizar ganancias, sin importar el daño irreversible en el consumidor final.

Por otro lado, drogas como la heroína están siendo desplazadas por el fentanilo. En 2024, las muertes asociadas a heroína en EE.UU. cayeron un 37% respecto al año anterior, mientras que las incautaciones del opioide disminuyeron a sólo 620 kg en todo el país, según datos del National Seizure System. En contraste, más del 82% de las muertes por heroína detectadas en autopsias forenses incluían también fentanilo

El Estado en disputa

Este nuevo escenario plantea preguntas incómodas: ¿quién controla los territorios en Michoacán, Tamaulipas o Guerrero? ¿Quién financia los mercados paralelos de vivienda, combustibles y alimentos? ¿Hasta qué punto las estructuras políticas locales conviven, negocian o dependen de estas organizaciones?

Más allá del drama humano de las sobredosis y la violencia, lo que está en juego es la funcionalidad del Estado. La presencia de los cárteles ha socavado la legitimidad institucional, alterado mercados, condicionado políticas públicas y debilitado la relación entre los gobiernos y los ciudadanos.

Estas nuevas dinámicas evidencian que el narcotráfico ya no es una actividad aislada del crimen: es una economía paralela, con capacidad de diversificación, innovación y expansión global. Desde los laboratorios en Guerrero hasta los mercados oscuros en Asia y Europa, el flujo de dinero, drogas y precursores ha creado una red más resiliente que muchas instituciones estatales.

En palabras del propio informe de la DEA: “Las redes de los cárteles son complejas, adaptables y representan desafíos formidables no solo para la ley, sino para la seguridad nacional, la economía y el sistema de salud”.

Las fronteras han dejado de ser líneas de control y se han convertido en corredores de alta rentabilidad criminal. Y mientras Estados Unidos endurece sus sanciones y México militariza zonas clave, el crimen organizado reconfigura las reglas, los mercados y las jerarquías de poder en América del Norte.

La narcopolítica y la narcoeconomía no son episodios aislados: son las nuevas dimensiones de una guerra que ya no es solo contra las drogas, sino contra un orden paralelo que reclama legitimidad, territorio y control.

 

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