Explora el presente y mira hacia el futuro

Educar para resistir el colapso: comunidades, aulas y saberes en defensa del medio ambiente

Daniel Cuin

Publicado el 20 de Junio del 2025

  • En tiempos de crisis climática, la educación no puede seguir repitiendo fórmulas vacías sobre “cuidar el medio ambiente”

En una comunidad al centro del Estado de Michoacán, los niños aprenden a leer la tierra antes que a escribir sobre ella. Aprenden a distinguir las lluvias buenas de las malas, a recoger las semillas del milenario amaranto y observar cuándo los insectos anuncian que algo no va bien en el monte. No es una escuela ecológica de catálogo: es un proyecto educativo autónomo, nacido de la defensa de un río amenazado por una presa hidroeléctrica. Aquí, educar no es una actividad de aula, sino una estrategia de resistencia comunitaria.

Cada 5 de junio, la ONU celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. Y con él, llegan campañas verdes, actividades escolares con carteles de reciclaje, y promesas gubernamentales por un “planeta mejor”. Sin embargo, ante la urgencia climática global, muchos educadores y comunidades se preguntan: ¿de qué sirve hablar del medio ambiente si no hablamos de territorio, de desigualdad y de poder?

¿Qué significa educar para el medio ambiente?

En México, la educación ambiental figura en los programas oficiales de la SEP y en los planes de desarrollo sustentable de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT). Se habla de “conciencia ecológica”, “cuidado del agua” y “valores ambientales”, pero en la práctica, muchas escuelas siguen reproduciendo un enfoque limitado, centrado en separar basura y plantar árboles una vez al año.

En diversas regiones de México, proyectos de educación popular, autónoma y comunitaria están mostrando otro camino. Experiencias que conectan el aprendizaje con la vida cotidiana, la defensa del entorno y el rescate de saberes ancestrales.

En Cherán, Michoacán, por ejemplo, las escuelas comunitarias promueven el conocimiento del bosque como parte del currículum escolar. En lugar de memorizar conceptos abstractos, las y los estudiantes aprenden directamente del monte, acompañando a los comuneros en las faenas de reforestación y vigilancia ambiental.

En la Costa Chica de Guerrero, radios comunitarias como Radio Ñomndaa han desarrollado materiales educativos sobre el cuidado de los manglares y el uso consciente del agua en lenguas originarias, promoviendo la participación activa de niños y jóvenes en campañas de defensa ecológica.

Prácticas educativas que reducen el impacto ambiental

Más allá del discurso, diversas prácticas escolares pueden reducir los impactos negativos sobre el entorno. Algunas de ellas, aplicadas por colectivos, escuelas rurales o proyectos urbanos alternativos, incluyen:

  • Huertos escolares agroecológicos: enseñan producción sin agroquímicos, reconectan a los estudiantes con los ciclos de la tierra, y refuerzan la seguridad alimentaria local.
  • Proyectos de captación y reutilización de agua: en escuelas con acceso limitado, estas iniciativas ayudan a preservar el recurso y sensibilizar a los estudiantes sobre su uso.
  • Uso de materiales reciclados o naturales para el aprendizaje: desde cuadernos reusables hasta juegos didácticos con cartón o madera local, reducen el consumo de plástico y basura tecnológica.
  • Educación basada en proyectos comunitarios: desde medir la calidad del aire en el barrio hasta rescatar especies locales, los estudiantes se convierten en agentes activos en su entorno.
  • Transporte colectivo y seguro a las escuelas: en algunos contextos, bicibuses escolares o rutas comunitarias han reducido la huella de carbono diaria.
  • Integración de conocimientos ancestrales: como los ciclos lunares en la agricultura, la lectura de señales naturales o los rituales de agradecimiento a la tierra.

Infancias que cuestionan y siembran futuro

Cada vez son más las niñas, niños y jóvenes que no solo aprenden sobre el cambio climático, sino que cuestionan sus causas estructurales. Desde las movilizaciones de Fridays For Future hasta los talleres de ecología urbana en colonias populares, las nuevas generaciones no quieren discursos reciclados: exigen cambios reales.

“Las escuelas deberían enseñarnos por qué se calienta el planeta, no solo a apagar la luz”, dice Ximena, de 12 años, participante de un taller de ciencia comunitaria en Atlacomulco. “Queremos saber qué hacer, pero también por qué lo hacen mal los que mandan”.

En un contexto donde el medio ambiente se ha convertido en recurso para el mercado —desde el “turismo ecológico” hasta las ciudades inteligentes que excluyen a los más pobres—, la educación ambiental debe ser más que una moda. Debe ser una herramienta de defensa y transformación.

Como decía Paulo Freire, no se trata de adaptar a los estudiantes al mundo, sino de ayudarlos a transformarlo. Y si ese mundo está en crisis ecológica, educar también significa resistir: resistir la lógica del despojo, del consumo sin límites, del olvido del otro.

 

ICONO OJO-10

Deja un comentario

Descubre más desde Orbe

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo