
La muerte de Mario Vargas Llosa el pasado 13 de abril de 2025 en Lima, Perú, además de clausurar una etapa fundamental en la historia de la literatura hispanoamericana, nos obliga a fijar la mirada hacia algunas de sus obras menos reconocidas, pero de una fuerza sísmica que sacude desde lo más hondo.
“Los cachorros”, novela breve escrita en 1967, condensa en menos de cien páginas, la violencia del deseo contenido, la imposición del deber ser masculino y la cruel construcción de la identidad a través de la mutilación física y simbólica.
En 1973, esta obra fue llevada al cine por Jorge Fons, con un estilo punzante, silencioso y profundamente perturbador. A más de medio siglo de su publicación y a más de cincuenta años de su adaptación fílmica, “Los cachorros” permanece como un relato incómodo y necesario.
En la novela, Cuéllar, un niño de clase media limeña, sufre un accidente atroz: es atacado por un perro que le destruye los genitales. Lo que sigue, no es tanto la crónica del trauma ni la progresiva exclusión de Cuéllar del mundo masculino. Vargas Llosa narra esta transformación con una prosa envolvente, a veces coral, donde las voces de los amigos –Lalo, Chingolo, Mañuco, etc.– se funden en un monólogo, hasta hacer del lector un testigo incómodo. Cuéllar se convierte en “otro”, no solo porque su cuerpo ha sido transformado, sino porque el deseo que empieza a germinar en sus compañeros –la atracción sexual, la posesión de la virilidad– lo margina sin apelación.
“Los cachorros” no es simplemente una alegoría sobre el crecimiento; es una disección del pacto social que exige sufrimiento como prueba de pertenencia. En palabras de críticos como Efraín Kristal, la novela explora una de las obsesiones centrales de Vargas Llosa: la relación entre poder y represión, entre cuerpo e ideología. En este caso, el poder opera en lo más íntimo: el cuerpo, el deseo, la norma viril.
Jorge Fons: la mirada cinematográfica
La versión fílmica de 1973, dirigida por el mexicano Jorge Fons, adaptó la obra con una fidelidad inusual, pero no por ello carente de riesgo estético. El guión, firmado por Eduardo Luján, mantuvo la estructura fragmentaria y lírica del texto original, mientras que el director optó por un lenguaje visual austero, más cercano al cine psicológico europeo que al melodrama latinoamericano de la época. José Alonso, en el papel de Cuéllar, ofreció una interpretación contenida, casi muda, en un papel donde el cuerpo dice más que el rostro, y donde la frustración es una forma de presencia constante. Helena Rojo completó el reparto con una sobriedad precisa, simbolizando ese mundo femenino que para Cuéllar permanece eternamente detrás de un cristal empañado.
La fotografía, a cargo de Álex Phillips Jr., juega con planos cerrados, interiores opresivos y luces tenues que replican la atmósfera de encierro. La Lima que imaginó Vargas Llosa se transforma en un espacio sin ciudad: un lugar suspendido entre la infancia y la adultez, donde la represión es un eco que rebota en los muros de las casas, en las piscinas vacías, en los rituales adolescentes de la masculinidad.
El canon y los márgenes
La importancia de “Los cachorros”, en sus versiones literaria y cinematográfica, estriba en su capacidad de incomodar. A diferencia de otras obras del llamado “Boom latinoamericano” —un movimiento que Vargas Llosa compartió con García Márquez, Cortázar y Fuentes— aquí no hay exuberancia barroca ni mundos alternos. Hay cuerpos. Hay silencio. Hay una violencia que no viene del Estado ni del ejército, sino de los compañeros de clase, de las expectativas familiares, del reflejo que devuelve el espejo cuando ya no hay forma de reconocerse.
Si en “La ciudad y los perros” (1963) Vargas Llosa abordó la formación castrense como metáfora del autoritarismo, en “Los cachorros” reduce la alegoría a lo esencial: ¿Qué sucede cuando un hombre es condenado a no serlo dentro de un entorno que mide su valía por lo que posee entre las piernas? Esa pregunta, más vigente que nunca en tiempos donde la masculinidad se reconfigura y se interroga, convierte a esta obra en un punto nodal para pensar no solo la literatura latinoamericana, sino las estructuras del deseo.
La película, injustamente relegada dentro del cine mexicano, representa uno de los momentos más lúcidos del director Jorge Fons, quien más adelante dirigiría obras como “Rojo amanecer” (1989), otra pieza incisiva sobre la violencia. La adaptación de “Los cachorros” no solo es una traducción de un texto literario: es una relectura desde México de un problema común a toda América Latina. La masculinidad, en el fondo, también es una dictadura.
Volver hoy a “Los cachorros” es mirar hacia un espejo incómodo. Es preguntarse por los cuerpos que hemos excluido en nombre de la normalidad, por las heridas que nunca cicatrizan del todo. Y sobre todo, es recordar que incluso en sus relatos más breves, Vargas Llosa escribió sobre las grietas invisibles del poder. La muerte del autor no clausura ese gesto: lo amplifica.