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Educar en la precariedad, el olvido y la esperanza

Daniel Cuin

Publicado el 17 de mayo del 2025

  • A pesar de discursos oficiales y homenajes conmemorativos, miles de maestros en México enseñan entre techos de lámina, caminos de terracería y aulas sin agua ni electricidad
  • En zonas descentralizadas, educar no es solo una labor pedagógica: es un acto de resistencia cotidiana frente a la precariedad estructural, el abandono institucional y la violencia

 

“Hoy no hubo clases, el maestro no llegó.” La frase se repite en cientos de escuelas multigrado en las sierras de Oaxaca, las rancherías de Guerrero o las comunidades tzeltales en Chiapas. Pero rara vez se menciona el desinterés. 

Generalmente, el maestro no puede llegar por la falta de transporte, porque no existe pago, o simplemente porque ha decidido no arriesgar su vida cruzando territorios controlados por el crimen organizado. El Día del Maestro se conmemora en México desde 1918, pero más de un siglo después, aún hay regiones donde enseñar es un acto de resistencia.

En el calendario escolar, el 15 de mayo suele convertirse en una jornada de homenajes protocolarios, actos oficiales y mensajes institucionales. Pero en las aulas más olvidadas del país —las que no aparecen en spots ni en informes de gobierno— el magisterio persiste en condiciones que poco tienen de ceremonial: bajos sueldos, infraestructura inexistente, materiales didácticos comprados con dinero propio y una carga administrativa que ha desplazado la pedagogía a un segundo plano.

De acuerdo con el Panorama Educativo 2023 del INEE (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, hoy extinto y sustituido por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación), el 13.5% de las escuelas de educación básica en México carece de energía eléctrica, el 19% no tiene acceso a agua potable y el 31% no cuenta con drenaje. Más de 86 mil escuelas funcionan con condiciones materiales precarias, y buena parte de ellas son atendidas por un solo docente que da clase a varios grados simultáneamente.

El censo educativo del INEGI 2020 señaló que más de 150 mil maestros laboran en contextos multigrado, especialmente en comunidades rurales e indígenas, donde los modelos educativos estandarizados fracasan por falta de pertinencia cultural y lingüística. En muchas de estas comunidades, el maestro es también gestor, enfermero, terapeuta, intérprete y hasta mediador de conflictos.

En cuanto a ingresos, el salario promedio mensual de un docente de primaria en México ronda los 11,000 pesos, de acuerdo con datos de la SEP y la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE). Sin embargo, los ingresos reales varían significativamente según la entidad federativa, el nivel educativo, la antigüedad y el tipo de contratación. Los docentes de educación indígena o los contratados bajo esquemas temporales —como el programa “La Escuela es Nuestra”— a menudo reciben pagos irregulares o con meses de retraso.

Las otras batallas del magisterio

La violencia es otra dimensión del ejercicio docente que rara vez se aborda en los discursos conmemorativos. Según informes de la organización civil Cero Impunidad, entre 2018 y 2023 se documentaron al menos 74 asesinatos de docentes bajo contextos de violencia criminal, y en zonas como Tierra Caliente (Guerrero, Michoacán, Edomex), muchos maestros han abandonado sus plazas por amenazas directas. En estados como Veracruz, Chiapas y Tamaulipas, la docencia ha sido declarada “actividad de riesgo”.

Además, la digitalización forzada tras la pandemia evidenció una profunda brecha tecnológica. Aunque el programa “Aprende en Casa” fue presentado como una solución temporal, miles de docentes tuvieron que adaptarse sin capacitación formal ni recursos digitales adecuados. En comunidades sin conectividad, se imprimían guías a mano o se entregaban tareas por WhatsApp, si es que había señal.

Más papeles, menos pedagogía

A esta precariedad se suma una burocratización que aleja al docente del aula y lo atrapa en laberintos administrativos. La llamada “Nueva Escuela Mexicana”, impulsada por la SEP desde 2019, ha sido criticada por una carga de planeaciones extensas, guías impuestas y formatos de evaluación que no coinciden con la realidad escolar. En lugar de diseñar sus clases, muchos maestros dedican horas a llenar matrices y reportes digitales sin retroalimentación.

El modelo también ha enfrentado cuestionamientos por su enfoque político-pedagógico. Aunque busca integrar valores comunitarios, inclusión y pensamiento crítico, sus lineamientos han sido poco claros y su aplicación ha recaído sobre docentes sin acompañamiento pedagógico ni materiales adaptados a sus contextos.

Pese a todo, en muchas regiones el maestro sigue siendo una figura clave para el tejido comunitario. En pueblos sin médicos ni abogados, el docente es una referencia social, es quien ayuda a tramitar actas de nacimiento, redactar cartas, interpretar oficios del gobierno o explicar noticias del mundo exterior.

En la Mixteca, en la Tarahumara o en la Huasteca, hay profesores que enseñan a leer en español y náhuatl, que recuperan cuentos tradicionales para las clases de literatura o que impulsan cooperativas escolares como parte del aprendizaje matemático. Estas experiencias, aunque no figuran en los rankings internacionales, muestran una dimensión viva y transformadora del magisterio.

Una conmemoración sin oropel

El Día del Maestro debe ser más que flores artificiales, pasteles y reconocimientos de escritorio. Debe ser un día para discutir el verdadero lugar que la sociedad mexicana otorga a quienes educan. No solo por vocación, sino por compromiso con un derecho humano: el acceso a una educación pública, gratuita, laica y de calidad.

Este 15 de mayo, en algunos centros académicos se alistan homenajes mientras en miles de aulas remotas, el único reconocimiento será una silla de madera, una cartulina doblada y la voz de un maestro que —sin reflector ni sueldo digno— sigue enseñando a pesar de todo.

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