
“El humo no siempre es blanco cuando hay un cambio en Roma. A veces, antes del humo, hay silencio.” Así lo escribió un corresponsal del Vaticano en la década de los sesenta. El 21 de abril de 2025, el silencio volvió a sacudir los muros de la Santa Sede. Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, falleció a los 88 años. Su muerte no sólo marcó el fin de un pontificado singular, también el inicio de un proceso ritual ancestral que, desde hace siglos, mezcla poder, fe y simbolismo con una precisión casi teatral.
Cuando un Papa muere, comienza el rito conocido como “novendialia”, una liturgia funeraria que dura nueve días. El primer día está marcado por el reconocimiento oficial de la muerte. En el pasado, el Camarlengo golpeaba tres veces la frente del pontífice con un pequeño martillo de plata, preguntando: “¿Francisco, estás ahí?”. Hoy, aunque más simbólica que efectiva, esta tradición permaneció como parte del protocolo no escrito del Vaticano.
Tras confirmar la muerte, se destruyó el anillo del Pescador, símbolo del poder papal. Luego, el cuerpo del Papa fue preparado y expuesto primero en la Sala Clementina del Palacio Apostólico para una despedida privada, después trasladado a la Basílica de San Pedro para la veneración pública donde miles de fieles desfilaron frente a su cuerpo. El Papa Francisco, a diferencia de otros pontífices, había manifestado en diversas ocasiones su deseo de un funeral más sobrio, algo que marcó un punto de inflexión dentro del protocolo vaticano.
El funeral papal, televisado a más de 180 países, reunió a jefes de Estado, líderes religiosos, artistas, y fieles de todo el mundo. Una misa solemne en la Plaza de San Pedro da inicio a los actos fúnebres, antes de que el cuerpo sea enterrado en las grutas vaticanas, debajo de la basílica, donde descansan la mayoría de sus predecesores.
El peso simbólico de la muerte papal
La muerte de un Papa no es solo la partida de un líder religioso. Es el fin de una era política, cultural y espiritual. Francisco fue el primer pontífice latinoamericano, el primer jesuita en llegar al trono de Pedro y un defensor tenaz de las periferias. Su visión reformista y sus gestos —como vivir en la Casa Santa Marta en lugar del Palacio Apostólico— transformaron la imagen papal. Su muerte representa un fenómeno cultural de alcance global.
En la tradición católica, el Papa es el “Vicario de Cristo en la Tierra”. Su muerte implica, teológicamente, una vacante en la representación de lo divino en el mundo. Durante este interregno, que culmina con el cónclave que elegirá a su sucesor, la Iglesia entra en un periodo de reflexión y vigilancia. No hay misas en la Capilla Sixtina, se suspenden las decisiones de gobierno y los anillos del poder son resguardados.
El cine que presagió el final
La muerte de un Papa ha sido tema fértil para el cine, no sólo por su carga emocional y estética, sino por lo que revela de los miedos y tensiones del mundo moderno.
Una de las películas más emblemáticas es “Habemus Papam” (2011), de Nanni Moretti. En ella, un Papa recién elegido sufre una crisis de identidad y desaparece antes de asumir su cargo. Aunque no trata directamente la muerte, la película captura el peso existencial del papado, y anticipa —sin querer— la dimensión humana que Francisco imprimió a su rol.
Otra pieza curiosa es el thriller “The Two Popes” (2019), de Fernando Meirelles, basada en el diálogo ficticio entre Benedicto XVI y Bergoglio antes de la histórica renuncia del primero. La cinta, aunque centrada en la transición, dibuja un retrato profundo de las diferencias entre conservadurismo y progresismo, y deja entrever el final inevitable de una era eclesial.
Más sombría, “The Shoes of the Fisherman” (1968), basada en la novela de Morris West, imagina la elección de un Papa eslavo (anticipándose al verdadero Juan Pablo II) en medio de una crisis mundial. La película pone en escena los dilemas morales del Vaticano y la presión global sobre su figura.
En tiempos en que los rituales milenarios aún coexisten con pantallas encendidas en todos los rincones del planeta, el cine se ha convertido en una forma de comprensión simbólica. No por morbo ni por coincidencia, sino porque el séptimo arte ha sabido asomarse —a veces con ternura, otras con ironía— a los pasillos del Vaticano, sus silencios, sus transiciones de poder y las dudas de quienes lo habitan.
Explorar esas ficciones no es un ejercicio banal, sino un modo de entender, a través de la imagen y el relato, el eco que deja la muerte de quien, en vida, encarnó uno de los papeles más cargados de significado en el escenario global.
Un pontificado que se vuelve legado
Con la muerte de Francisco, se cierra un capítulo en el que el papado dejó de ser una figura lejana y monárquica para volverse más pastoral, más política, más humana. En sus discursos, el Papa usó palabras del pueblo: habló de los pobres, de la migración, del cambio climático. Desafió a poderes internos y externos. Su pontificado fue una reforma viviente.
La cultura mundial lo recordará no solo como el Papa que vino “del fin del mundo”, sino como el líder religioso que hizo del catolicismo un espacio más abierto al diálogo con lo contemporáneo. Ahora, su cuerpo descansa en mármol, pero su influencia caminará —a través de los símbolos, del cine, de los rituales— por mucho más tiempo.