
La educación ambiental en México ha evolucionado desde los años ochenta como respuesta al creciente impacto del cambio climático y sus efectos sociales, económicos y ecológicos. Sin embargo, su implementación en los programas educativos sigue enfrentando desafíos significativos. Según el artículo «El docente y la educación ambiental en México» de Marisol García Jiménez, incluido en el libro Cambio climático (2022), los esfuerzos actuales no han logrado una formación ambiental verdaderamente reflexiva y crítica.
Más que aprender sobre el medioambiente, la Educación Ambiental (EA como lo abrevia García Jiménez), busca crear conciencia crítica y fomentar valores como la solidaridad y el respeto hacia el entorno. Según la Declaración de Tbilisi de 1977, la EA debe promover una mejor calidad de vida, basada en una convivencia armónica entre las personas y la naturaleza.
En México, la educación ambiental se formalizó dentro de los currículos de nivel básico en la década de 1990. Se introdujeron contenidos relacionados con la ecología, la sostenibilidad y la relación entre sociedad y medioambiente en materias como ciencias naturales y geografía. No obstante, estos enfoques han sido fragmentados, limitándose al ámbito informativo, sin fomentar un entendimiento interdisciplinario ni una postura crítica en los estudiantes.
El artículo subraya que el papel del docente es crucial para el éxito de la educación ambiental, sin embargo, los profesores suelen carecer de formación especializada en este ámbito. Aunque se han ofrecido cursos y materiales de apoyo, estos esfuerzos son insuficientes para preparar a los docentes y poder abordar la complejidad del cambio climático así como sus múltiples aristas.
Además, los programas educativos no han integrado completamente la educación ambiental como un eje transversal. Según García Jiménez, el desafío radica en superar la visión positivista que reduce los problemas ambientales a datos aislados, en lugar de tratarlos como cuestiones sociales, económicas y éticas interrelacionadas.
Para que la educación ambiental en México sea efectiva, es necesario repensar su implementación. Esto incluye diseñar programas educativos que aborden la crisis climática desde una perspectiva integral, formar a los docentes en competencias reflexivas y críticas, además, asegurar que todos los actores del sistema educativo comprendan la importancia de estos temas.
En palabras de García Jiménez, el enfoque debe dirigirse a formar ciudadanos responsables, capaces de actuar ante las problemáticas ambientales con una visión más allá de lo ecológico y abarque las dimensiones económicas, sociales y culturales de sus comunidades.